A different taste by Carmen Nagy – Carta Nº 6

Columna: A different taste
Por Carmen Nagy

Carta Nº 6

Los ojos de Maryorie emanaban rabia y dolor. Su dificultosa respiración agitaba su pecho y su tic en los labios -apretados y replegados una y otra vez- me liberaron del resto del mundo y me concentraron en ella, como si estuviera en una pesadilla en la que alguien extraño te hablan de forma poco coherente sobre algo que es vital para ti mismo.
Mientras prestaba toda mi atención pensé que la historia sobre Marc podría no ser cierta. En todo aquel tiempo imaginé distintas hipótesis que podrían explicar qué estaba ocurriendo, y ninguna de ellas contenía a un difunto hijo secreto.
“Verás Consuelo, yo tuve un hijo, lo crié y murió. Murió por una enfermedad poco conocida. Nuestro médico nos hizo todo tipo de preguntas: sitios en los que estuvo, personas con quienes mantuvo algún contacto, cosas que comió, medicinas que tomó… Yo misma elaboré una lista de más de cuarenta páginas enumerando cualquier aspecto de la vida de mi hijo y aquel médico no llegó a ninguna conclusión. Pero puedes imaginar, Consuelo, que aquello nos obsesionó a Carlos y a mi. Las coincidencias nos han ido empujando hasta esta casa, frente a la tuya, desde donde poder controlarte.”
Yo en aquel momento me sentí mareada, tomé asiento y palpé mis sienes con la yema de los dedos mientras miraba al suelo para descansar mi agotado cerebro unos segundos. “Maryorie, yo.. Yo no sabia nada, cuando me di cuenta de que alas vacunas, cuando encontré…”
Mis palabras inconexas, la confusión de las imágenes, el pinchazo en las sienes y el desmayo.
No recuerdo nada más desde ese momento hasta pasadas ya más de seis horas, siendo casi media noche.
Maryorie seguía allí, sentada en el suelo observando mi cuerpo desplomado en un rincón. Esperando a que mis ojos se abrieran para seguir hablándome.
“Mataste a mi hijo, la mitad de mi vida.” Susurró con aire teatral y echando hacia atrás la cabeza. “Ahora debes acabar con mi otra mitad, para que pueda ser libre.”
El desconcierto de que mi amiga me estuviera pidiendo que acabase con ella no me dejó ver con claridad que lo que ella deseaba era librarse de su propio marido. La única persona que le seguía recordando que un día, tiempo atrás, fue madre y feliz.

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