A different taste by Carmen Nagy

Columna: A different taste
Por Carmen Nagy

Carta Nº 4

Basta de hablar de mi y retomemos ese momento en que nos escribíamos Maryorie y yo.
Tras la petición de vernos para charlar yo desaparecí una temporada. Aproximadamente tres meses en los que ni ella parecía entrar ni salir de su casa, ni yo entré ni salí de la mía, evitando el riesgo de encontrarme con cualquiera.
Pero pasados noventa días exactos, Maryorie, con una sonrisa extrañamente afable, llamó a mi timbre. Abrí rápidamente y cruzó el jardín hasta llegar a la puerta y al ver que la entreabría, la empujó y caminó hasta la cocina, con el mismo paso seguro y ligero con el que había comenzado.
Se sirvió vino en el primer vaso que encontró, lo bebió de un solo trago y seguidamente, se sirvió otro. “¿quieres?” me preguntó con la sonrisa un tanto arrugada. En ese mismo momento, pude ver que sus ojos, más que alegría de verme tras varios meses, traían tristeza de haber llorado durante todos esos días.
“La situación es insostenible, Consuelo. No lo soporto más.” Me informó con las pupilas dilatadas y clavadas en las mías. “Tú tienes la culpa y tú debes solucionarlo, no escapar como estás haciendo ¿quieres saber por qué motivo vinimos a vivir aquí, precisamente?”
Las manos de Maryorie temblaban agarrando fuertemente el vaso y sus labios se fruncían y desfruncían, aguantando un llanto nervioso que no podía esconder.
“Nos mudamos a Madrid tan solo diez meses después de la muerte de Marc. Veníamos buscándote.” Hizo una pausa para dar otro enorme trago de vino y siguió hablando. “Marc sólo tenía nueve años cuando lo vacunamos de las malditas alergias y con once años amaneció asfixiado, por culpa de tu medicina y lo peor, lo que nos hizo venir hasta aquí, fue enterarnos de que se podría haber evitado, porque cuando mi pequeño fue vacunado, tú ya sabías que tu medicina era letal. ¿Cómo podía ser posible que sabiendo eso no parases el suministro de vacunas?”
Mi gran amiga comenzó a llorar descontrolada, se sentó en el suelo y tras pocos segundos alzó la mirada y me increpó.
“Tú… científica loca… ¡Asesina! Hayas pagado o no por tus errores, a mí me debes algo y sé como lo vas a arreglar. Necesito que me hagas un favor. No creo que tengas ningún problema moral en ayudarme, ya sabemos que clase de persona eres.”

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