A different taste by Carmen Nagy

Columna: A different taste
Por Carmen Nagy

Carta Nº 2
Maryorie siempre me ha parecido una persona bastante liviana, feliz y tranquila. De esas que cuando hablan no alteran el silencio.
El día que llegó al número cuarenta y tres de la calle Mártires (la casa que hay justo frente a la mía), no se hizo ruido, no se hicieron obras, ni se pintó la casa, y casi no trajeron muebles. Carlos y Maryorie comenzaron a vivir allí como si nunca antes hubiesen estado en otro sitio.

Al tercer día de tenerla como vecina, llamó a mi timbre sobre las ocho de la tarde. Traía una botella de un gran reserva que bebimos entre horas de charla. Su español por entonces no era demasiado bueno, pero mi inglés salvó ese bache.

Beber vino hasta el ocaso se convirtió en una bonita rutina que repetimos durante los cuatro años que duró nuestra amistad.
Ese primer día, entre la charla y las risas, y a una hora poco prudente, sonó el timbre. Su marido bastante serio, asomó por la puerta y le echó una mirada que yo no habría permitido. Maryorie se levantó, recogió sus cosas, se despidió de mi con toda su dulzura y se fue como si nada.

Muchas noches se repitió esa misma escena. La última fue aquella en la que salí por la puerta de atrás, harta de hacer teatro.
La respuesta al e-mail que le envié hacía menos de veinticuatro horas no tardó en llegar. Un sobre blanco en la pantalla de mi ordenador parpadeaba para avisarme.

                                                                                                                                                                                         15 de junio de 2022

Querida consuelo.
Somos grandes amigas desde hace más de tres años.
Nunca te cuestioné nada porque no necesité saber nada. Yo, como cualquiera, ya conocía tu historia de principio a fin. Me has tenido siempre, porque me necesitabas.

No puedo negar que en algunas ocasiones haya querido preguntarte ciertos aspectos sobre ti y tu historia. Pero callé. Lo cierto es que entender y aceptar tu moral, me ha supuesto horas de reflexión.

Además, sabes que Carlos nunca ha sido una gran ayuda para nuestra amistad. Sin embargo, ni siquiera eso, me ha separado de ti en ninguno de tus momentos más difíciles.

Es posible que deba aclararte algunas cosas sobre mi llegada a Madrid. No pensé que hubieras sospechado nada en todo este tiempo, pero quizás seas más lista de lo que yo misma imaginaba.
Querida Consuelo, si te dijera que vine en busca tuya ¿Escucharías cada una de mis explicaciones?

¿Qué tal si tomamos un café y hablamos más tranquilamente? Estoy segura de que en cuanto sepas qué hago por aquí, entenderás por qué debes desvelarme tus motivos y algunos detalles que nadie sabe, sobre todo lo que hiciste.
No olvides que soy tu amiga.

Maryorie.

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